sábado, 10 de septiembre de 2011





Vivir el aquí y el ahora; estar presente en cada acto, en cada gesto; volver al origen de las cosas y buscar el vacío para llenarse del Universo entero. Tales consignas inspiraron a los japoneses en su anhelo por desvelar los misterios del cosmos y de su propio ser. El Zen pretende llegar a una experiencia mental que se conoce como satori, un estado de conciencia en el que no se necesitan los conceptos para definir la realidad, pues, ayudados por la intuición, ésta se contempla personalmente. Se trata de una experiencia directa de lo real: «La preparación de nuestra mente para esa conciencia (satori) constituye la principal finalidad de todas las escuelas de misticismo orientales, y en muchos aspectos, en la propia forma de vida oriental… En la dicha meta». Según Daisetz T. Suzuki, esta idea «es el fundamento no sólo de la filosofía del pueblo japonés, sino que a su vez es lo que el budismo zen ha aportado para el cultivo de la sensibilidad artística… Es aquí donde se establece la relación entre el zen y la concepción japonesa del arte… Cuando un arte presenta dichos misterios de una forma realmente profunda y creativa, y remueve hasta lo más hondo de nuestro ser, se transforma en obra divina».
Experimentar el satori era la meta más elevada para un artista, ya que el zen supo imprimir en todas las artes la idea del dô, del «camino», para llegar a esa experiencia. Un verdadero artista era considerado como tal cuando a través de su obra se podía percibir un destello de lo eterno en el mundo de los cambios continuos, pues implicaba que había penetrado con su visión en el misterio. Como dice Alan Watts: «Muy próximo a la sensibilidad zen se hallaba el estilo pictórico caligráfico que se practica con tinta negra sobre papel o seda y que generalmente combina la pintura con un poema» … el haiku.

El haiku es la forma más breve de escribir poesía que se puede encontrar en la literatura universal. Son breves sentencias y frases zen escritas en lenguaje poético-simbólico, que reflejan perfectamente el carácter nipón: intuitivo, reflexivo, objetivo, sereno, de pocas palabras pero de profundo contenido, ya que sólo ellos pueden captar en 17 sílabas -métrica del haiku- un elevado sentimiento humano cargado de belleza, de fuerza y de espíritu. «Es la forma poética más natural y más apropiada, y la más vital también, para que el genio japonés dé libre curso a sus impulsos artísticos; por esta razón, quizás, hace falta tener una mente japonesa para apreciar plenamente el valor del haiku». La duración de un haiku es la de un suspiro, pues es más importante el sentimiento que las palabras, en especial si alcanza su grado máximo; en tal caso, palabras y descripciones sobran.

SÓLO CON SER
YA ESTOY AQUÍ,
BAJO LA NEVADA

El verdadero valor y la genialidad del poeta residen en su habilidad para expresar lo inefable, para ayudarnos a ver más allá de las formas, para mostrarnos la inmutabilidad en el reino de los cambios, para conmover nuestro corazón y transformar algo en nosotros: nuestra visión de la realidad, nuestra manera de mirar el mundo.

Un haiku transmite lo que realmente es, sin complicaciones ni rebuscadas descripciones; de ahí su brevedad y su magia: «El silencio lo es todo, y viene automático, natural…» Pretende volver a la sencillez de las cosas, encontrar su sentido e interpretar su lenguaje; el poeta va descubriendo que hasta lo más simple y elemental tiene un profundo significado dentro del conjunto, tiene una historia que contar, y por ello va penetrando poco a poco en su propia idiosincrasia hasta que ésta le es revelada.

LA LEY DE BUDA,
BRILLANDO
EN EL ROCÍO DE UNA HOJA

Este estilo poético no trabaja con ideas ni se afana en describir un objeto o un ser, sino que «sugiere, entre líneas, mucho más de lo que expresa». Nos evoca imágenes, símbolos que captamos a través de la intuición; invita a participar, en vez de dejarnos mudos de admiración y que el poeta se luzca. No intenta tampoco cambiar el mundo; busca ponernos en contacto con él, nos lleva de la mano a contemplarlo. Se sirve de las palabras, pero su intención es trascenderlas e ir más allá. Utiliza un instante concreto de tiempo y narra los ciclos de la naturaleza, sus procesos y manifestaciones, su causa, su ser.

Si logramos hacer el vacío de que nos habla el zen, si conseguimos parar nuestra mente y dar el gran salto de lo dual a lo uno, de lo que se expresa a lo que realmente es, podemos llegar a vislumbrar lo que el poeta vivió en ese momento. Si disfrutamos con plenitud toda la belleza que se esconde en su interior, entenderemos por qué el escritor no es sino un instrumento.

                                                                                              CAE UN PÉTALO
DE LA FLOR DEL CEREZO;
SILENCIO EN LA MONTAÑA.

Alcanzar la maestría en el arte del haiku no es tarea fácil. Significa una larga y paciente maduración interior para hacer que de un solo trazo y sin ninguna corrección, la mano ejecute con una técnica altamente depurada las percepciones del espíritu. Es un largo proceso del despertar de los sentidos internos, aquellos que nos unen con el Universo. Es una perfecta armonía entre cuerpo, mente y espíritu, ya que el haiku debe encerrar en sí mismo una sensación, un estado de ánimo, una imagen, un despertar de la conciencia y una vivencia.

QUÉ AGRADABLE Y PURA
EL AGUA DE LA MONTAÑA
PARA EL PEREGRINO VESPERTINO.

Tanta espontaneidad, tanta poesía desbordada emerge gracias al impulso de tres grandes religiones que confluyeron en Japón.La actitud contemplativa y la búsqueda de la armonía con el orden natural fueron estimuladas por el taoísmo. La unión de la ética con la estética, de lo simple con lo metafísico, devino del confucianismo. Tratar de liberarnos de todo tipo de límites y ataduras racionales fue la aportación del budismo. Por lo tanto, el haiku es una vía espiritual, un dô, un camino de perfección. Es contemplación, liberación, comprensión, identificación y unificación con la Naturaleza y con nosotros mismos.

Resumiendo podríamos decir que estos poemas son la bella manifestación de una experiencia, la simplicidad escrita en versos. El artista -extasiado por una sensación de entusiasmo que le transporta a un instante inmóvil- deja atrás sus creencias y prejuicios personales para ser canal de luz y plasmar aquello que su alma percibe intuitivamente, lo comprenda o no la razón, porque va más allá de lo intelectual, más allá de las definiciones. En pocas palabras, es la experiencia del satori, es zen.

Expresar nuestros sentimientos, mostrarnos tal cual somos, abrazar la Naturaleza y vivir con plenitud cada segundo, son emociones que buscan salir de nuestra cárcel interior. Mucha gente encuentra en el haiku una manera de mirar nuestro tiempo, tan material y tecnológico, de un modo más sencillo, más espiritual.





Fernando Celli





KALARIPAYAT, ARTES MARCIALES EN LA INDIA



La luz del atardecer se consumía por occidente dibujando sutilmente el contorno de las montañas, mientras las primeras estrellas comenzaban a brillar tímidamente en el cielo y el silencio se inundaba con el canto de los pájaros nocturnos. En un improvisado escenario, sobre la terraza del restaurante del hotel, los empleados comenzaron a encender antorchas para iluminar el espectáculo de aquella noche: una demostración de Artes Marciales.

Eran los primeros días de 2004, en una pequeña localidad de la provincia de Kerala, al sudeste de la India, junto a la frontera de Tamil Nadu. La noche era fría y me acerqué al calor de una enorme fogata que ardía en el centro de la terraza. Mientras esperaba con expectación a que aparecieran los miembros de la familia que iba a mostrarnos este misterioso arte marcial desconocido para mí, irrumpió en mi mente una pregunta: «¿No son éstas las tierras donde nació hace quince siglos Bodhidharma, el 28º patriarca del Budismo, que introdujo el Zen (Chan) y las Artes Marciales en China, en el monasterio de Shaolín?»

Mis ojos se posaron sobre la llama de una de las antorchas, y, un tanto ensimismado, dejé que los recuerdos fluyeran. Bodhidarma (Daruna), en el siglo VI, proveniente de una familia kshatrya hindú, viajó a China para implantar una adaptación del Budismo Mahayana que se conoce como Chan (Zen cuando llegó posteriormente a Japón). Cuenta la historia que Bodhidharma enseñó en Shaolín artes marciales que traía de su tierra natal (¿Kerala?) para que los monjes pudieran soportar la férrea disciplina de la meditación, pues entendía que el desarrollo físico y mental tenían que ir parejos. Aunque parezca contradictoria esta mezcla, las enseñanzas originales del Budismo hacen hincapié en el Sendero del Medio, en el control de los opuestos, en la importancia tanto de la fuerza como del amor en la creación activa de un mundo ideal. La expresión más acabada y reciente de esta armonía de los opuestos la encontramos en el Budo japonés, cuyas prácticas son a la vez una vía trascendente y un código ético de conducta, la unificación de cuerpo y mente y la liberación de los mismos. De hecho, en Extremo Oriente es bien conocida la relación entre las Artes Marciales y las disciplinas mentales y espirituales, formando métodos para el desarrollo integral del individuo. A fin de cuentas, el verdadero combate es interior: consiste en descubrir y eliminar nuestros conflictos, limitaciones, carencias, defectos y contradicciones. La vía de las Artes Marciales, a través de su ritualización, transformó esta lucha interior en una fuerza creativa y constructiva del ser humano y de la vida social.

Mientras navegaba en estos pensamientos la actuación dio comienzo. Entre las antorchas, que hacían brillar su moreno torso desnudo, apareció uno de los protagonistas para presentar la exhibición. Se trataba, dijo, del arte marcial llamado Kalaripayat (Kalari: práctica, payat: campo de batalla), cuya práctica tenía evidencias históricas confirmadas que se remontaban, como mínimo, al siglo IX. Según él, este arte sufrió una declinación después del siglo XVI, y con la colonización inglesa -al final del siglo XVII- fue prohibido por la ley, por lo que el Kalaripayat se practicó desde entonces clandestinamente a través de la transmisión secreta de algunos maestros en clanes familiares. Añadió que en la actualidad estaba resurgiendo en los Kalari Sanghams (lugares donde se practica). En su caso seguía una tradición familiar: a él, a su hermana y a su cuñada, que le acompañaban en la demostración, les había enseñado su padre, pues ciertas técnicas sólo se enseñan en estos círculos.

Y por fin comenzó la exhibición. Como en todas las artes, abrieron las prácticas con los rituales de inicio. Con gestos y movimientos, consagraron el espacio y realizaron los saludos rituales entre ellos, a las armas -no me había dando cuenta que en el suelo, en la penumbra había diez o doce tipos de armas- y a los antepasados de la familia. Al acabar, entre los tres realizaron una serie de formas (kata en japonés) en las que desarrollaron las principales técnicas, de las que cabe destacar la enorme elasticidad de los practicantes, ya que el Kalaripayat desarrolla movimientos de contorsión del tronco y de estiramiento de las piernas muy pronunciados. Lo cierto es que, salvo esta peculiaridad, si cambiáramos la indumentaria propia de este arte y la fisonomía de sus practicantes, se hubiera podido confundir con el Kung-Fu o el Taewondo, viniendo a evidenciar sus probables ancestros comunes.

Al acabar las formas, prosiguieron las explicaciones. Fue entonces cuando tomé conciencia del cambio que se producía en el semblante del comentarista. Cuando realizaba las demostraciones, su rostro desprendía hieratismo y marcialidad, y sin embargo, cuando se dirigía al público, irradiaba serenidad y amabilidad con sus gestos y su contagiosa sonrisa. Dijo que realizan un trabajo muy exhaustivo para flexibilizar los músculos, los tendones y las articulaciones, ya que el Kalaripayat tiene numerosos saltos y patadas muy altos -por ejemplo, una técnica de bloqueo muy particular donde el ataque con puño es desviado por una patada-. Nombró después (es imposible para mí recordarlos) las principales técnicas de proyección, inmovilización, paradas, golpes y posturas, así como los dos principios fundamentales del Kalaripayat: el espíritu manda al cuerpo y el adversario es vencido haciendo retornar contra él su propia fuerza. El objetivo final de la práctica, continuó, era para ellos el entrenamiento armonioso del cuerpo y de la mente, bajo la dirección del espíritu, e incluso una disciplina de educación social y religiosa.

Según nos contó, los antiguos Maestros de la India, que vivían en total armonía con la Naturaleza, estudiaron y observaron los movimientos de numerosos animales y fenómenos naturales, que tomaron como modelo para sus posiciones y movimientos. Como muestra comenzó a realizar una forma (sudavu en hindú y kata en japonés) que imitaba a la perfección los movimientos de la serpiente: parada y acechante, acercándose sinuosamente con majestuosa suavidad, atacando con fulminante rapidez; la serpiente humana recreó el arquetipo de manera asombrosa.

Le llegó el turno a los combates. Uno contra uno o dos contra uno, tanto en el plano técnico como en el táctico, su preocupación es la máxima eficacia, no dejando de abordar ningún ámbito: golpes de pies y de manos, proyecciones, luxaciones, etc., que acababan con alguno inmovilizado en el suelo o lanzado a las sombras, más allá de las antorchas... Y la estrella del Kalapayat, el Marma Adi o conjunto de técnicas dirigidas a los Marmas, puntos vitales o centros nerviosos, que unen los vasos sanguíneos, los ligamentos y circuitos nerviosos. Entrábamos ahora en una esfera del arte donde poco era lo que nos podía decir, anunció, ya que eran instrucciones secretas de cada maestro que sólo trasmitía en una etapa muy avanzada a sus mejores discípulos. Era la dimensión interna, con dos vertientes opuestas pero complementarias: una ofensiva y destructora, y otra regeneradora y curativa.

Después de unas pocas demostraciones de la ubicación de los principales puntos y de diversos ejercicios de trabajo respiratorio y energético, desplegó los amplios conocimientos terapéuticos y de yoga del practicante de Kalaripayat. Nos explicó que los más de cien puntos vitales están localizados en una parte del cuerpo muy precisa y que el golpe marcial, para ser eficaz, debe darse de manera muy particular. Estos golpes pueden producir un violento dolor, una parálisis temporal, una pérdida de conocimiento o incluso la muerte. Para contrarrestarlos, los practicantes son instruidos en ciertas técnicas de respiración para no sentir el dolor, técnicas que en otros ámbitos, en los grados más altos, permiten incluso alcanzar ciertos estados de éxtasis.

En la vertiente terapéutica -por su tono de voz parecía que le era especialmente querida- nos habló del Kalari Chikilsa, sistema médico basado en el Ayurveda, que está especializado en el tratamiento de desórdenes ortopédicos y problemas neuromusculares mediante la manipulación y utilización de masajes, y sobre todo, en el tratamiento de los desórdenes de los órganos internos y del sistema nervioso a través de la especializada manipulación de los 107 marmas o puntos vitales, con aplicación en ciertos casos de aceites especiales. Todo ello me recordó enseguida la acupuntura china, el shiatsu japonés, el tai-chi y los chi-kung. Ciertas técnicas de respiración, continuó diciendo, practicadas con constancia, retrasan el envejecimiento, y él mismo dijo conocer maestros del Kalaripayat de más de setenta años con una vitalidad asombrosa, y con una fuerza y una resistencia al combate sorprendente.

He de reconocer que mis expectativas -puesto que esta exhibición ni siquiera estaba en el programa- estaban superadas. Sin decir una palabra más, comenzó un apabullante despliegue de combates con armas: espada y escudo, palos de madera, lanza contra espada, espadas diversas, sable, dagas, etc. transportándome al recuerdo de otras épocas, con el sonido agudo del entrechocar de los metales. Y precisamente de otras épocas habló al acabar la práctica, haciendo esfuerzos por controlar la respiración por el reciente esfuerzo. Dijo que en la sociedad medieval del Kerala del siglo XII no había ningún pueblo sin Kalari (dojo hindú donde se practica el Kalaripayat) y que eran parte esencial de la educación de los jóvenes, del entrenamiento de los guerreros y del sistema sociopolítico de la Kerala medieval. Finalmente añadió que en la actualidad se conservaban las prácticas con armas como medio para el desarrollo de cualidades físicas y psíquicas: la atención, la velocidad, la armonía, el valor, la destreza, la templanza, etc., pero que no tenían ningún fin bélico.

Para acabar cogió un arma extrañísima, el urimi -un tipo de espada-látigo hecha de tres cintas metálicas de unos tres centímetros de ancho y tres metros de largo-, con el que comenzó a realizar círculos a su alrededor y en todas direcciones, cambiándolo de mano. La velocidad fue en aumento paulatinamente hasta que fue imposible ver el arma, sólo se escuchaba un zumbido aterrador y saltaban chispas con el contacto de la punta en el suelo. El silencio que quedó al concluir esta última demostración parecía no acabar, los espectadores estábamos aún sobrecogidos en las sillas y un tanto inclinados hacia atrás por temor a que se equivocara en el cálculo de las distancias. Finalmente prorrumpimos en aplausos, mientras los tres practicantes nos saludaban agradecidos y con muecas de satisfacción.



Antonio Marí

KARATE SHOTOKAN






"El objetivo final del Karate no radica en ganar o perder, sino en la perfección del carácter».
 Gichin Funakoshi




El Shotokan es uno de los estilos de Karatedô más difundidos por todo el mundo, y fue creado en la isla de Okinawa (sur de Japón) por Gichin Funakoshi (1868-1957). Las primeras influencias que condujeran al nacimiento de las artes marciales de Okinawa penetraron en Japón a finales del siglo VI y principios del VII, en pleno florecimiento del Wushu chino (palabra que designa las artes marciales en general). Se sabe de una expedición proveniente de China (607?), a partir de la cual se iniciaron intercambios culturales y comerciales con Okinawa. Los historiadores más audaces aventuran que en esta época podrían haber llegado monjes del mítico monasterio de Shaolin, al que imprimió fama inmortal el sabio hindú Bodhidharma, 28º patriarca de budismo. Alrededor del año 527, Bodhidharma había introducido en China el Dhyana, sistema de meditación propio de la India, al que se denominó Cha´n y luego Zen en Japón. Además transmitió algún sistema marcial propio de los kchatryias (casta de los guerreros) indos, posiblemente el Vajramukti.



En el siglo XII fueron exiliados a Okinawa, provenientes de la isla mayor de Japón, los samuráis del derrotado clan Minamoto, quienes difundieron en la isla las tradiciones de combate de estos míticos guerreros. A finales del siglo XIV se abrieron totalmente las relaciones con el país vecino. China envió, a modo de obsequio, para establecerse en Okinawa, un gran número de comerciantes, eruditos, artesanos, médicos, sacerdotes, educadores y maestros en Wu-Shu y Taichi. Estos últimos influyeron en el desarrollo del arte marcial okinawense, que se denominaba Tode, «mano china».



Durante los siguientes trescientos años los nipones prohibieron varias veces el uso de las armas a los okinawenses, e incluso se intentó erradicar la práctica del Tode, que comenzó a llamarse simplemente Te, «mano», y se practicó en la clandestinidad. En tres ciudades -Shuri, Naha y Tomari- se desarrolló con fuerza y con características propias este arte. Surgen así el Shuri-te, Naha-te y Tomari-te, precursores directos de las actuales líneas de Karatedô, como la escuela Shorin (del Shuri-te) y la escuela Shorei (del Naha-te). La escuela de la ciudad de Shuri (la escuela Shorin) evolucionó hasta convertirse hoy en día en los estilos Shotokan, Shito Ryu y sus derivados. Por otro lado, provenientes de Naha (la escuela Shorei) con una acusada influencia del templo chino Shaolin y el de la ciudad de Fukien, fue transformándose en las modalidades Goju Ryu, Uechi Ryu y las que surgieron de ellas.



En 1891 la prohibición que pesaba sobre las artes marciales en Okinawa había quedado obsoleta y fue retirada. Pronto se incorporó a los programas de educación física en las escuelas de Okinawa, re-nombrándose como Kárate («Mano Vacía») para distinguirlo del Tode, un arte originario de China.



Gichin Funakoshi, fundador del Shotokan, unió las líneas seguidas por sus dos maestros: Itosu (Shorin, más propio de Okinawa) y Azato (Shorei, de raíz más china).En los años veinte Funakoshi comenzó a difundir el Kárate en la isla grande de Japón, en Kyoto y en Tokio, logrando el reconocimiento y aceptación de las más importantes autoridades del Budô de aquel entonces, como el maestro Jigoro Kano, fundador del Judô. Hay que destacar la importante difusión que adquirió el Kárate, sobre todo en las universidades. Del contacto con Jigoro Kano, Funakoshi adquirió la indumentaria del Judô -el traje blanco- para el Kárate, añadiendo más tarde el sistema de grados representado por los cintos de colores.



En 1933 se cambió el ideograma kara, que hasta ese momento significaba «China» (dinastía Tang, 618-907), por el de kara que significó «vacío». También se agregó al final el ideograma como «vía espiritual», quedando por fin la palabra completa: Karatedô. Dô es el mismo carácter que se pronuncia como Tao (o Dao) en chino mandarín. Tao, para la filosofía taoísta, es la unidad de la que emanan el yin-yang, y es también la vía, el camino… El nuevo término reconocía el Kárate de Okinawa como un arte marcial japonés perteneciente al Budô, al igual que el Judô, el Iaidô o el Kendô. En Okinawa, el nuevo significado de Karatedô (Camino de la Mano Vacía) fue reconocido oficialmente tres años después (1936) en una famosa reunión de los maestros Chotoku Kyan, Kentsu Yabu, Chomo Anashiro y Chojun Miyagi, en la ciudad de Naha.



Yoshitaka Funakoshi (1906-1945), tercer hijo de Gichin Funakoshi, en contraste con el padre, que daba mayor importancia a los kata, incorporó el kumite (combate). Primero desarrolló Gohon kumite (combate a cinco pasos), donde el atacante realiza cinco ataques seguidos avanzando, mientras el que defiende los bloqueos retrocede, aplicando un contraataque en la última defensa. Después desarrolló el Kihon Ippon kumite (combate a una técnica), el Jiu Ippon kumite (igual que el anterior pero con movimiento), y por último el Jiu kumite (combate libre), establecido en 1935. Yoshitaka también incluyó nuevas técnicas de pierna: Mawashi Geri, Yoko Geri Kekomi, Yoko Geri Keage, Fumikomi, Ura Mawashi Geri y Ushiro Geri.



En enero de 1939, el sensei Gichin Funakoshi inauguró el dojo más grande del mundo, con un letrero en la entrada que decía Shotokan (la casa del Shoto). El dojo «Shotokan» estaba situado en Zoshigaya, Tokio y fue destruido por bombarderos norteamericanos el 29 de abril de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. Shoto era el seudónimo que utilizaba el maestro cuando era joven y significaba «Olas el emblema oficial de Shotokan; se listo para la acción y la serenidad pacífica de la mente. Concluido el conflicto bélico y tras la reconstrucción del Hombu Dojo, varios de los alumnos de sensei Funakoshi regresaron para formar la Nipón Karate Kyokai (NKK, Japan Karate Association) que se dedicó a unificar los dojos y las universidades con el consentimiento de Funakoshi. En 1956, algunos alumnos tradicionalistas de Funakoshi constituyeron la asociación Shotokai (camino al Shoto). El 26 de Abril de 1957 murió el sensei Gichin Funakoshi.



En 1949 se fundó la Asociación Japonesa de Kárate (JKA), que celebró los primeros campeonatos de Japón en 1957. Esta práctica deportiva se extendió a Occidente durante la década de 1950. La organización All Japan Karate-do (FAJKO), constituida en 1964, se dedicó a organizar torneos mundiales multi-estilo en 1970. Las mujeres participaron por primera vez en unas competiciones del mundo en 1980.



LAS "VEINTE REGLAS DE ORO" DE SENSEI GICHIN FUNAKOSHI


1. El Kárate empieza y termina con Rei (saludo).
2. No utilizar el Kárate sin motivo.
3. Practicar el Kárate con sentimiento de justicia.
4. Antes de conocer a los demás, hay que conocerse a sí mismo.
5. De la técnica nace la intuición.
6. No dejes vagabundear tu espíritu.
7. El fracaso nace de la negligencia.
8. El Kárate sólo se practica en el dojo.
9. La práctica del Kárate es de por vida.
10. Tratar los problemas con espíritu de Kárate.
11. El Kárate es como el agua hirviendo.
12. No alimentéis la idea de vencer, pero tampoco la de ser vencidos.
13. Adaptad vuestra actitud en función de vuestro contrincante.
14. El secreto del combate reside en el arte de dirigirlo.
15. Que las manos y los pies golpeen como un sable.
16. Al franquear el umbral de vuestra casa, diez mil enemigos os esperan.
17. Kamae es la regla para el principiante. Después, es posible adoptar una guardia espontánea.
18. Los Katas deben realizarse correctamente. En el combate real, sus movimientos se adaptan a las circunstancias.
19. Tres factores a considerar: la fuerza, la envergadura y el grado técnico.
20. Profundizad en vuestro pensamiento.





Antonio Marí
Cinturón Negro 3º Dan de Kárate Shotokan y Entrenador Regional

lunes, 31 de enero de 2011

MANDALAS


Al referirnos a los mandalas suele ser inevitable que nuestros pensamientos vuelen veloces a Oriente, a la India védica y al budismo tibetano, en donde cobran su significado más global integrados en su milenaria tradición espiritual. Constituyen verdaderas obras de arte trascendente que, ya sean elaborados con tejidos, pinturas, bordados, tallados o con polvo de arroz y arenas de colores, nos ponen en contacto con el alma de unos pueblos con profundas convicciones espirituales.
   «Mandala» es un término sánscrito que significa «círculo», aunque en su confección pueden intervenir otras muchas formas geométricas, cuadrados y triángulos sobretodo, además de infinitud de motivos místico-religiosos (dioses, héroes, símbolos, etc.), hermosamente representados con una extensa gama de colores. Con gran variedad en sus diseños -desde los más simples hasta los exquisitamente complejos- mantiene, sin embargo, similares características fundamentales como son un centro, un cuadrado con los cuatro puntos cardinales, un círculo que lo delimita y cierto grado de simetría, equilibrio y armonía.
Simbolismo de los mandalas
   Los mandalas son una forma de expresión artística imbuida de una profunda finalidad trascendente. Son un arte ritual y sagrado que expresan, simbólicamente, la totalidad de la existencia; un modelo del cosmos que integra, de una manera sintética y esencial, la cosmovisión de sus creadores.
   El punto central expresa la idea de «centro del mundo», punto de confluencia de lo sagrado en el espacio profano, a partir del cual se recrea la cosmogonía, el esquema de la creación del mundo, con sus potencias y leyes fundamentales; el misterio de cómo ha venido a la existencia y cómo se ha organizado. Para el pensamiento hindú, Brahma, el cosmócrator, dirigió su mirada hacia los cuatro puntos cardinales antes de la Creación, haciendo una división cuádruple del círculo. Brahma representa el centro, la unidad que preexiste y subsiste al momento primordial cosmogónico. El círculo refleja la diversidad y la totalidad (macrocosmos) con sus cuatro direcciones espaciales. De esta manera, el mandala se constituye como una imago mundi, un microcosmos, una representación a pequeña escala de la Creación.
   En la historia de las creencias religiosas se conoce un sinfín de construcciones y representaciones rituales que expresan esta idea «vandálica» de irrupción de la potencia de lo sagrado en un punto, alrededor del cual se organiza el espacio sagrado. Ejemplo de ello son los templos de todas las culturas: desde las pagodas hindúes hasta las catedrales góticas, pasando por Stonehenge o los templos egipcios y grecorromanos; ciudades sagradas como Tebas, Roma, Delfos o Cuzco; e incluso países enteros con una geografía sagrada como fue Egipto. Según la mentalidad de estos constructores, y tras los rituales que a tal efecto realizaban -como el de orientación, demarcación de los límites, etc.-, en el interior de estas construcciones se expresaba el orden, la sacralidad, lo luminoso, lo atemporal, el bien y la justicia; mientras que más allá de sus muros y fronteras se quedaba el desorden, lo profano, la oscuridad, lo perecedero, el mal y la injusticia.
   Gracias a la recreación de este espacio sagrado, el hombre se podía reintegrar al orden cósmico, llamado Maat por los egipcios, Dharma por los hindúes y Tao por los chinos, solidarizándose con las fuerzas que gobiernan la vida y estableciendo puentes de comunicación estables entre lo divino y lo humano.
Los mandalas en la Naturaleza
   La idea que expresa el mandala no es una invención humana, es más bien un patrón o arquetipo de la Naturaleza. La ciencia moderna de vanguardia ha redescubierto este sentido de totalidad inteligentemente organizada e interrelacionada en sus partes, en donde las mismas leyes y estructuras rigen tanto lo cósmico como lo atómico. Encontramos por ello esta idea mandálica de centro inmóvil y circunferencia repleta de dinamismo, desde las estructuras de las galaxias y los sistemas solares, hasta en la intimidad de los diminutos átomos. Lo descubrimos detrás de los ciclos vitales del agua y del oxígeno, y en la forma de una flor. Cuando cortamos transversalmente una manzana descubrimos un mandala, en una gota de agua que cae en un tranquilo lago; en la estructura cristalina de los copos de nieve; en la imagen del sonido en la pantalla de un telescopio; en la estructura de los cristales, en la de una célula y en la del caparazón de una concha.
Mandalas y psicología
   Ontológicamente, los mandalas expresan la realidad absoluta, y por ello en Oriente son utilizados como vía de meditación, como medio o instrumento para relacionarse con la realidad y comprenderla. En este contexto, se entiende por «realidad» tanto aquella que forma parte del mundo sensible y que puede ser percibida por los cinco sentidos, como esa otra, trascendente, del mundo inteligible, a la que podemos aproximarnos a través de la razón y, sobretodo, de la intuición.
   El psicólogo suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), dedicó gran parte de su vida a realizar un profundo estudio de los mandalas y a relacionarlos con los revolucionarios descubrimientos que realizó en el campo de la psicología. Jung concibió el mandala como un genuino instrumento conceptual, para analizar y sentar las bases de la estructura arquetípica de la psique humana. Fue el redescubridor para Occidente (en la era moderna) de que la estructura de la conciencia poseía la misma estructura que el Universo, dejando reflejadas sus conclusiones en su libro El secreto de la flor de oro. En esta obra de incalculable labor de síntesis entre la sabiduría milenaria de Oriente y sus modernas investigaciones sobre el inconsciente individual y colectivo, Jung descubre, tras largas e intensas indagaciones en los mitos y tradiciones espirituales de la antigüedad, que los símbolos y arquetipos, a parte de ser comunes a todas las culturas -como demostró el antropólogo Mircea Eliade-, son también una herencia común de la humanidad, reunidos en el Inconsciente colectivo, y cuya estructura fundamental se sintetiza en el mandala.
   En el inconsciente individual se halla la memoria y experiencia de una persona desde el momento que nace, pero en el inconsciente colectivo se halla impresa la memoria y experiencia común a toda la humanidad, la expresión psíquica de la identidad que trasciende todas las diferencias culturales y raciales. Sobre esta base se explica la analogía y hasta la identidad de los temas míticos, de los símbolos y de la comprensión humana en su más amplio sentido. Sólo mediante el símbolo, que irrumpe en la conciencia espontáneamente, ya sea en sueños o en vigilia, o provocando su aparición mediante ejercicios y técnicas, puede el «inconsciente» ser alcanzado y expresado, según Jung.
   El mandala, en su clave psicológica, es pues, una representación de la psique humana en su totalidad, de la que la conciencia es sólo una pequeña parte, quedándose el resto relegado al inconsciente.  


LOS YANTRAS
   Los Yantras, palabra de raíz sánscrita que significa «liberación del sutil vehículo de la conciencia», son mandalas geométricos dibujados sobre papel, grabados sobre metal o piedra, de uno o varios colores, utilizados como medio de meditación o concentración. Partiendo de su elemento central, alrededor del cual se construye toda la figura (representación del origen y del equilibrio), evoca la idea de emanación y radiación de la energía, pudiendo aumentarla o disminuirla en el individuo que medita sobre él. Existen Yantras de tipo curativo o protector, cuya función es la de condensar las energías positivas y neutralizar las energías negativas, canalizándolas hacia el bienestar físico, mental o emocional de las personas. Otros están dedicados a fines místico-religiosos, y contienen representaciones divinas. Un tercer grupo, por último, se emplea normalmente en relación con un mantra (sonido sagrado), como base de las prácticas de concentración, en el contexto de las técnicas de desarrollo psíquico y espiritual.

Antonio Marí




YIN-YANG, SIMBOLO DE DUALIDAD


El Yin-Yang es uno de esos símbolos orientales que más universalidad ha conseguido con el pasar de los años. Casi todo el mundo lo reconoce aunque no sabe exactamente cuál es su origen y lo que significa en realidad. Al haber alcanzado un estatus de gran popularidad su identidad ha caído en lo superficial, convirtiéndose en un amuleto de protección contra supersticiones de todo tipo o para atraer la buena suerte. El merchandising que ha surgido en torno suyo es abrumador.
            Más allá de aspectos superficiales, nos encontramos ante uno de los símbolos de más hondo significado. Su contenido es fascinante, casi inabarcable por nuestra mente lógica. Encierra conocimientos que van desde metafísica pura y cosmogénesis, hasta cuestiones relativas a la naturaleza psíquica y física del ser humano
Símbolo y sistema de pensamiento
             El Yin-Yang es fundamentalmente un símbolo, y se entiende como tal una puerta de acceso a muchas realidades ocultas en él; es como un cofre que custodia un tesoro. La palabra nos llega del griego Sumbolon, a través del latín Symbolus, que traducimos como “Aquello que lleva” o “Lo que porta algo consigo”.
             Para entenderlo en su globalidad, primero debemos diferenciarlo del signo que está destinado a comunicar una información, una norma o un mensaje concreto sobre cuestiones ordinarias. Es una invención, un acuerdo tácito de convivencia entre un colectivo. Por ejemplo, las señales de tráfico son signos.
            Sin embargo, el símbolo encierra un mensaje no ordinario de una mayor introspección conceptual; en cierto modo, alberga “secretos” que trascienden al mismo ser humano. Su función es transmitir una realidad esencial y arquetípica a través de conceptos metafísicos de gran profundidad y universalidad, que se hacen accesibles a nuestra naturaleza objetiva y racional: la justicia, la verdad, el bien, la belleza, el espíritu, los misterios de la vida, las leyes universales… Además de encerrar un amplio contenido, también hace de puente entre esas ideas puras y nuestra conciencia.
           En base a todo esto hay que entender que el símbolo no es un criptograma caprichoso y gratuitamente hermético, o destinado a una élite de individuos privilegiados. Más bien es un desafío para aquellos que necesitan respuestas en la vida y se preguntan qué es esto que llamamos existencia. El conocimiento de un símbolo está ahí, accesible; el problema está en nuestra conciencia y nuestra preparación interior para asimilar y comprender su oculta realidad.
           El profundo simbolismo del Yin-Yang acabó convirtiéndose en un sistema de pensamiento. Esto significa que encierra en su ontología una manera de pensar, de vivir y de entender el cosmos; transmite una cosmovisión muy relacionada con el taoísmo y con el confucianismo.
           Tao es, “camino”, “doctrina”, una vía a seguir en relación al arte de unir y entrelazar el cielo con la tierra. Una de las definiciones más antiguas que nos han llegado sobre el Tao es: “Un aspecto Yin, una aspecto Yang, eso es el Tao”. Para muchas escuelas orientales el Tao es el principio inmanente en todos los ámbitos de la realidad, es la esencia de todo cuanto existe; el Yin-Yang es su expresión concreta, su forma externa. El Tao y su manifestación como Yin-Yang se sintetiza, como se dijo antes, en el arte de poner en comunicación el cielo y la tierra, las potencias y fuerzas sagradas con los hombres. El confucianismo, por su parte, utiliza el Yin-Yang como una aplicación práctica y como parte de una doctrina a seguir en relación a la conducta y a la regla moral.
 Origen y mitología del Yin-Yang
           Este símbolo es mucho más remoto que sus primeras apariciones en textos pretaoístas, pues se ha encontrado en algunos objetos rituales de mucha antigüedad. Aparece en casi todos los movimientos filosófico-místicos de China: es icono y fundamento del Tai-Chi; es la base con la que se crea el oráculo del I-Ching (los hexagramas están compuestos por líneas Yin o Yang); es una de las bases del pensamiento taoísta y está integrado también en el confucianismo; es uno de los ejes de la medicina y la acupuntura chinas, y además forma parte de las artes marciales, del FENA-Shui, del Chi-Kung, etc. Hablar de la idiosincrasia china sin mencionarlo o asociarlo es muy difícil.
           Según el Tao Te King, el universo se crea de la siguiente manera:
          “El Tao engendra el I (Wu-Chi o vacío), I engendra 2 (yin-yang), 2 engendra 3, 3, los 10.000 seres. Los 10.000 seres llevan el yin a la espalda y el yang en los brazos. Mezclando sus soplos realizan la armonía” (Tao Te King).
           El mito de la creación chino nos cuenta el siguiente relato: “Al principio, los cielos y la tierra eran solamente uno y todo era caos. El universo era como un enorme huevo negro, que llevaba en su interior a P’an-Ku. Tras 18.000 años P’an-Ku se despertó de un largo sueño. Se sintió sofocado, por lo cual empuñó un hacha enorme y la empleó para abrir el huevo. La luz (yang), la parte clara, ascendió y formó los cielos; la materia fría y turbia (yin) permaneció debajo para formar la tierra. P’an-Ku se quedó en el medio, con su cabeza tocando el cielo y sus pies sobre la tierra. Permaneció entre ellos como un pilar gigantesco, impidiendo que volviesen a estar unidos”.
           El huevo representa el Yin-Yang: dos aspectos de la energía primigenia o universal.
 Significados del Yin-Yang
Carácter Universal: según la tradición china, Yin y Yang son elementos esenciales que penetran todas las sustancias que se encuentran el la tierra y en el cosmos. Todo lo que existe, participa en un grado más o menos alto de ellos. No son una fuerza, ni una energía, ni una manifestación; en fin, no son particularidades, sino cualidades comunes a los fenómenos del universo. Por consiguiente, no es posible identificarlas con nada concreto y específico sin que pierdan su condición fundamental de universalidad.
Principio de Oposición e Interdependencia: Yin-Yang son elementos opuestos, pero a la vez complementarios, lo que nos conduce a una paradoja. Todo tiene su opuesto en este mundo, la existencia de uno expresa inevitablemente la existencia de su contrario; es decir, en el momento que designamos que algo es alto, es porque existe un punto de referencia: lo bajo. Ocurre lo mismo con el día y la noche, el frío y el calor, lo grande y lo pequeño, etc.
Principio de Polaridad-Dualidad: este principio nos muestra un universo dual, entendiendo que existen leyes de polaridad, atracción y rechazo, que van desde lo más pequeño, como el universo atómico o cuántico, hasta las relaciones humanas o más allá de los sistemas planetarios. El universo es dual y de esa dualidad emana el equilibrio, la vida y la evolución. La polaridad es necesaria para la existencia. Tenemos ejemplos en un átomo, con sus electrones, o entre los seres vivos, cuando lo masculino fecunda a lo femenino. A un nivel más grande, la naturaleza misma se regenera de igual forma.
 Principio de Ciclicidad: el Yin-Yang también representa la energía de la renovación gracias a la ciclicidad. Su forma circular y su grafismo nos muestran elementos que cobran movimiento, que se alternan. Las polaridades se intercambian y de ese flujo continuo, de ese equilibrio constante surge el movimiento. El universo está compuesto por una naturaleza que se alterna de manera cíclica. El Yin-Yang representa también esos ciclos de polaridad.
 Principio de Relatividad: Yin y Yang no son conceptos absolutos, sino relativos. Nada es completamente Yin ni completamente Yang, como bien indican los dos puntos opuestos en cada lado del símbolo. Por ejemplo: el invierno significa frío y el verano calor; sin embargo en un día de invierno podemos tener calor y viceversa.
 Principio de Crecimiento-Decrecimiento: Yin-Yang, al ser opuestos per interdependientes, nos muestran que si uno de ellos crece el otro decrece; de no ser así, no estaríamos en presencia de un equilibrio dinámico, que es lo que alcanza su interdependencia. Según una sentencia china: “el crecimiento es ya el germen de la muerte”, pues en el momento en que se nace, se empieza el camino hacia ella. Otro aforismo dice: “Antes que la noche parta el día está por llegar”. El Sol comienza a descender a partir del mediodía, cuando está en el punto más alto, para dejar paso paulatinamente a la noche. A medianoche el proceso es inverso.
 Equilibrio Universal: el Yin-Yang se encuentra en un permanente equilibrio dinámico que se desestabiliza para volver a conformarse de nuevo. Ambos se consumen y se generan mutuamente. Esa armonía significa que la preponderancia del Yang va seguida por la del Yin y viceversa. En la medida que Yang crece, Yin decrece y lo inverso; y que Yin se gesta y engendra en el interior del Yang, mientras ocurre lo mismo en el seno de Yin. Todos los fenómenos perteneces a Yin o a Yang y su compensación mantiene estable el universo.
         Este escrito no ha hecho más que despuntar la insondable realidad de este símbolo milenario. Tan sólo se ha hecho una mirada fugaz, pues su misterio y sabiduría siguen velados. Sólo la comprensión aplicada en la “praxis” de la vida hará posible enriquecerse interiormente al atesorar un granito más de la Sabiduría perenne, y nos permitirá conocer los ocultos resortes con los que funciona el cosmos, y el papel que desempeñamos en él.

José Luis Gil Miró

jueves, 23 de diciembre de 2010

FENG SHUI, LA ARMONIZACIÓN DEL HOMBRE CON SU ENTORNO




En general, es muy poco lo que conocemos acerca del Feng Shui y tendemos a asociarlo con la posición de los muebles y los objetos del hogar. Pero el Feng Shui es algo más ¿Cuál es su verdadero sentido? Tratemos de profundizar en esta sabiduría milenaria para aclarar algunas de nuestras dudas
   Todos hemos vivido en alguna ocasión la experiencia personal de entrar en una casa o local de negocio, y, sin razón aparente, tener una sensación de malestar, incomodidad o angustia, así como por el contrario, habernos sentido relajados, tranquilos y cómodos. Todas estas impresiones se deben a la natural percepción que todo ser humano tiene (en mayor o menor medida según su sensibilidad),  ante el ambiente que se genera en los recintos y que suele ser una suma de factores tanto objetivos como subjetivos. Pero no sólo en el interior de las casas sentimos estas percepciones que influencian nuestros estados psíquicos -facilitando o dispersando nuestra concentración, cansándonos o relajándonos, creando atracción o repulsión-, también las percibimos en contacto con la Naturaleza: una suave brisa impregnada de sutiles olores de plantas aromáticas, el gratificante verdor de un valle tranquilo, el canto de los pájaros al amanecer, etc.
   Toda esta amalgama de colores, sonidos, formas, luz, movimiento, son la expresión misma de la vida que fluye por doquier, de unas energías que interactúan con las del hombre de forma benéfica o nociva. En todas las culturas antiguas hubo hombres que se preocuparon por estudiar estas interrelaciones que existen entre las energías cósmicas, las de la Tierra y su atmósfera, y las del hombre, siendo la tradición china (denominada Feng Shui) la que ha llegado mejor conservada hasta nuestros días.
   El Feng Shui («el viento y el agua») es una ciencia y un arte milenario que busca la armonía del ser humano con el entorno natural o arquitectónico que lo rodea, usando para ello los elementos naturales y de la construcción, con sus materiales, formas, colores, objetos y decoración, a fin de equilibrar el tiempo, el espacio y el hábitat, con sus habitantes, para lograr una mejor calidad de vida. Estos conocimientos se pueden  aplicar a una casa de campo o ciudad, un apartamento, un local comercial, una planta industrial, etc., en donde todo lo que sea construcción, hábitat, distribución de habitaciones de la casa... es diseñado, instalado y decorado en función de ciertos criterios topográficos, magnéticos y estéticos.
   La filosofía del Feng Shui, en su enorme sabiduría, nos enseña que estamos profundamente influenciados por el medio en el que vivimos. El lugar que ocupa el hombre en el Universo depende de la relación dinámica entre nuestras energías personales y las energías que moldean la Naturaleza y el medio ambiente que nos rodea. Por ello, las acciones humanas deben buscar mantener el equilibrio entre el hombre y la Naturaleza, y así lograr vivir en armonía con ella. Debemos conservarlo de forma que nos brinde y promueva el desarrollo interior, la cooperación familiar, la productividad en los negocios y la excelencia humana en general, ya que este equilibrio armónico de la energía individual con la del entorno, facilita el crecimiento personal en el más amplio sentido de la palabra, reflejándose en todos los aspectos de nuestras vidas.
El Chi
   Llamado por los taoístas «el Aliento del Dragón», el Chi es la energía que fluye en nuestro cuerpo y en todo cuanto nos rodea: ríos, montañas, plantas, animales, el mar y, por supuesto, en cada uno de nuestros hogares, puesto que también tienen su Chi particular. Los chinos nos hablan de un universo vivo alimentado por el Chi, que en el cielo es Chi Celeste, en la tierra Chi Terrestre y en los hombres Chi Vital.
   El Chi Celeste es la energía cósmica que mantiene unido al Universo, y entre otras cosas nos habla de cómo la posición de los planetas y las estrellas en el momento de nuestro nacimiento pueden marcar nuestro destino: es la ciencia de la Astrología. También es la influencia climática, como la luz solar, la lluvia, el viento, el frío y el calor.
   El Chi de la Tierra viene de las formas que modelan nuestro entorno, ya sean naturales o hechas por el hombre: las montañas, la vegetación, los ríos, los valles o las construcciones en que vivimos, formas, colores, distribución, diseño... También son los campos magnéticos de la Tierra, fácilmente medibles con una brújula, un aspecto importante del auténtico Feng Shui.
   El Chi del hombre es el Chi Vital. Según la medicina china (la acupuntura), el Chi Vital circula en nuestro cuerpo a través de los meridianos. Cuando el Chi se estanca, vienen las enfermedades y el acupuntor actúa para reestablecer el flujo armonioso del Chi. El Chi del hombre es también nuestra personalidad, nuestros ideales, nuestros pensamientos: la influencia cultural, política y social; la familia, la pareja con que vivimos, los vecinos, las actividades humanas de nuestro entorno.
   El Feng Shui estudia cómo el Chi recorre nuestra casa a través de las habitaciones y pasillos, entrando y saliendo por puertas y ventanas, acumulándose aquí o dispersándose allá. Cuando el Chi fluye libremente, las personas son positivas y disfrutan de una existencia armónica. Si el Chi se estanca, surgen problemas en la vida cotidiana o en las metas y proyectos de quienes viven allí.
Chi Positivo y Chi Negativo
   El Chi puede ser positivo o negativo. Existe el Sheng Chi, que es el Chi positivo, que da vida y se mueve de forma ondulante. Cuando el Chi fluye positivamente, las personas disfrutan de una existencia armónica. Por otro lado, existe el Sha Chi, que es el Chi negativo. Este debilita y se mueve en línea recta. Cuando una casa tiene un Sha Chi, es porque el Chi está estancado o se ha acelerado. Las personas tendrán problemas en su vida cotidiana, en salud, en sus metas o relaciones.
   No es necesario tener un sexto sentido para revisar el Chi de un lugar. Basta que observemos con nuestros cinco sentidos. Cuando la tierra es fértil y vemos árboles frondosos, césped verde y un jardín que florece, es síntoma de buen Chi. Un lugar lleno de maleza o la tierra gastada por la erosión, árboles débiles... son signos de Sha Chi. El agua limpia, moviéndose de forma serpenteante está cargada de Sheng Chi, no así el agua estancada, contaminada o una corriente muy rápida. Animales salvajes o domésticos sanos, canto de pájaros... significan buen Chi, mientras que la presencia de ratas o perros flacos y de feo aspecto son muestras de mal Chi. Cuando una casa está limpia, ordenada, con luz y ventilación adecuada, y las personas tienen amor y alegría, hay un Sheng Chi. Por el contrario, una casa desordenada, oscura, donde reina el conflicto y las discusiones, tiene un Sha Chi.
   También debemos considerar el entorno humano. El Feng Shui no le recomendaría una casa que esté delante o cerca de un lugar conflictivo, relacionado con la violencia, la muerte, el dolor o la enfermedad, como un hospital, un cementerio, un matadero, un burdel, una estación de policía... Totalmente opuestos serían lugares con buen Chi, como un parque, una plaza, un jardín infantil, una biblioteca, lugares de servicio público, una casa de la cultura, un centro vecinal o un lugar de medicina alternativa o crecimiento personal.
   Ejemplos de factores que provocan bloqueos y producen Sha Chi podrían ser: grandes edificios ubicados muy cerca unos de otros, sin espacio para la luz solar y la brisa; un árbol o poste bloqueando la puerta de entrada de tu casa; una casa al fondo de una calle sin salida; una estructura arquitectónica en ángulo recto apuntando hacia una casa; un espacio recargado de muebles y objetos pesados; el desorden y la suciedad; una puerta de entrada alineada con la puerta de salida; un vestíbulo oscuro y depresivo, etc.
   Por otra parte. Son ejemplos de Sheng Chi: una casa que tenga una buena protección a su espalda (una montaña o edificio más alto); un espacio abierto delante, despejado, con una buena vista, un patio delantero o un parque o plaza frente a la casa; una casa que tenga a los lados estructuras protectoras; un piso en la zona media del edificio, ni en los primeros pisos ni los últimos; el camino interno que va hacia la casa es preferible que sea curvo y sinuoso antes que una línea recta y no debe haber objetos que lo obstaculicen, ya que esto bloquea la energía nutriente; la puerta de entrada debe estar bien cuidada, ya que es la cara de nuestro hogar. Debe mantenerse bien pintada o barnizada, con sus manillas y bronces brillantes y un bonito felpudo, en definitiva, debe ser un lugar que dé la bienvenida; jardines con flores y árboles perennes son benévolos, ya que se asocian con el crecimiento y son símbolo de prosperidad; preferiblemente la casa debe tener una forma cuadrada, sólida y estable. Deben evitarse las formas de L o H;  en la parte delantera de la casa, por estar más cerca de la calle, del movimiento y el ruido, deben ubicarse los sectores sociales -sala de estar, comedor, cocina-. En la parte trasera deben situarse las zonas de mayor intimidad, como los dormitorios. El dormitorio es el lugar de descanso, no se recomiendan allí ordenadores, televisores ni equipos de sonido; no deben ponerse espejos en las habitaciones, sino en la puerta de los armarios, pero por dentro; la limpieza y el orden son imprescindibles para que un lugar tenga buen Feng Shui, pues permite que la energía fluya con libertad. Donde hay desorden y suciedad, el Chi se estanca.
   Del Feng Shui, al que se atribuyen más de 5.000 años de historia, han ido surgiendo múltiples escuelas que en tiempos modernos se han implantado y popularizado en Occidente. Sobre el tema se han publicado cientos de libros en todos los idiomas, se imparten cursos y conferencias, hay páginas web, revistas, etc., en donde las personas buscamos conocimientos que nos ayuden a mejorar nuestra calidad de vida, a conocernos mejor y, en definitiva, a ser más felices .

Antonio Marí

sábado, 25 de septiembre de 2010

La filosofía zen

Una filosofía y una tradición capaz de aunar en sí misma la técnica y la espontaneidad, la simplicidad del espíritu con la elegancia de la forma, el Zen es una semilla que nació en el seno del Budismo. Trasplantada a otras tierras de Oriente, generó nuevas vías, cada una distinta y singular en su forma, pero que en esencia compartían y revitalizaban los conceptos fundamentales de una misma Sabiduría atemporal.
El Zen es una disciplina espiritual que ha logrado alcanzar una gran aceptación en Occidente, especialmente en las últimas décadas del siglo XX. Esto se debe posiblemente en gran parte a su carácter práctico y a su elegante simplicidad, ya que fundamentalmente se trata de un sistema de meditación espiritual que vivido correctamente permite al discípulo trascender el mundo de las apariencias ilusorias, enseñándole a superar los estrechos límites y contradicciones que por su propia naturaleza dual le plantea la mente racional, permitiéndole así elevar su conciencia de grado en grado hasta alcanzar la sublime percepción de «Lo Real». Es por ello que el maestro Zen D. T. Suzuki supo definir muy acertadamente el Zen como «la Disciplina de la Iluminación».
 El Zen nace en el seno del Budismo y alcanza su expresión definitiva en el Japón a mediados del siglo XIII, influyendo profundamente en la mentalidad y las costumbres de la cultura tradicional japonesa, donde todavía se sigue enseñando y practicando hoy en día en las diversas escuelas y monasterios Zen. Es por ello que las raíces místicas y filosóficas del Zen debemos buscarlas en la vida y enseñanzas del Buda, remontándonos al siglo VI a.C. e incluso más atrás, hasta las tradiciones espirituales del Hinduismo recogidas en Los Vedas.
 Es en la cosmovisión hinduista donde hallamos los sublimes principios éticos y metafísicos de una Sabiduría espiritual, cuya savia vital nutrió el florecimiento y desarrollo de las diversas doctrinas místicas y filosóficas que se extendieron más tarde por toda Asia. La filosofía budista supo integrar en su doctrina, revitalizándolos, los conceptos fundamentales de la tradición hinduista.
Tras la muerte de Siddharta Gautama, el Budismo se diferenció en dos vías principales de transmisión de sus enseñanzas: el Hinayana o «Pequeño vehículo» y el Mahayana o «Gran vehículo». La Escuela Hinayana, que es más exotérica, ritual y ortodoxa desde el punto de vista religioso, se extendió principalmente por Tailandia, Ceilán e Indonesia. Mientras que la Escuela Mahayana, que es mucho más metafísica, profunda y trascendente desde el punto de vista filosófico, es la que se estableció en el Nepal, Tíbet, China y Japón. Cuando los primeros patriarcas del Budismo llegaron a China para enseñar la «doctrina de la Liberación», se encontraron con una cultura multimilenaria que había alcanzado su edad de oro en el siglo VI a.C. con el pensamiento de Confucio y Lao-Tse.
El Confucianismo y el Taoísmo enmarcan precisamente las dos tendencias filosóficas o aspectos fundamentales que caracterizan a la mentalidad tradicional china: una es práctica, coherente, metódica y sistemática; cree firmemente en la educación como vía de transmisión de aquellos valores humanos y principios éticos atemporales que aparecen representados en el Hombre Ju de Confucio, como arquetipo del caballero filósofo; en la perseverancia como forma de conquistar dichas virtudes y en la disciplina como forma de preservarlas. Con un gran sentido común y una conciencia social altamente desarrollada, esta vertiente del pensamiento chino alcanza su más alto ideal en el Li u «Orden celeste que rige los mundos», cuya proyección en el plano humano se manifiesta como justicia social en el Estado y como rectitud moral en el individuo. Como broche de oro, China siente un profundo sentimiento de adoración y respeto hacia la Sabiduría ancestral de sus antepasados, cuya herencia espiritual, transmitida por vía de la tradición sagrada, constituye para ellos un valioso tesoro de enseñanzas.
En contraposición a esta filosofía pragmática y sensata, propia del Confucianismo, el Taoísmo enmarca la otra faceta fundamental del alma tradicional china. Mucho más místico que racional, el pensamiento taoísta es profundamente metafísico; en esencia, el taoísta busca liberarse de todo tipo de límites y ataduras racionales a fin de que la conciencia pueda elevarse libre y espontáneamente hacia la contemplación de la esencia pura del Ser. Por su propia naturaleza inmaterial y trascendente, el Tao se niega a ser definido, pues eso significaría limitar su verdadero sentido, por eso sólo es posible referirse a él a través de metáforas y analogías. Tao es «el río de la vida», el «orden natural de la existencia», pero dicho orden es una condición inmanente del Ser, no una situación imperativa que le viene impuesta desde fuera. El Tao, al igual que el Dharma de los indos y el Maat de los egipcios, es inherente a la naturaleza íntima de cada ser, y aquél que puede llegar a percibir esto, se halla por tanto en camino de descubrir en sí mismo la Verdad ultérrima de la existencia, por eso Tao significa también «la Vía» o «el Camino», un camino que sólo se puede percibir con la Sabiduría Intuitiva. Los taoístas desconfían de las definiciones y los conceptos propios del lenguaje que utiliza la mente racional, pues para ellos la Conciencia Racional sólo puede proporcionarnos un conocimiento relativo y fragmentario de la realidad, mientras que la Conciencia Intuitiva es la única capaz de otorgarnos un conocimiento absoluto de «lo Real».
Es evidente que ambas formas de pensamiento son necesarias para el desarrollo espiritual del Hombre, ya que, siendo complementarias, constituyen las dos vías fundamentales que tiene la conciencia para conocer y aprehender la realidad dentro y fuera de nosotros mismos. Sabiduría Intuitiva e Inteligencia Racional, el Yin y el Yang, Taoísmo y Confucianismo, conforman las dos polaridades arquetípicas del pensamiento chino, donde la idea y el sentimiento, la razón y la intuición, el idealismo y el pragmatismo se armonizan en una misma conciencia trascendente.
Cuando el Budismo Mahayana entró en contacto con la mentalidad china, alrededor del siglo I a.C., fraguó un tipo de disciplina espiritual conocida como Ch'an, palabra que significa «meditación», y que al llegar al Japón, en el 1200 d.C. fue conocida como Zen. Como muy bien señala Fritjof Capra en su libro El Tao de la Física: «El Zen es, por lo tanto, una mezcla única de las filosofías e idiosincrasias de tres culturas diferentes. Es una forma de vida típicamente japonesa y, sin embargo, refleja el misticismo de la India, el amor a la naturalidad y a la espontaneidad de los taoístas y el meticuloso pragmatismo de la mentalidad confuciana». Como escuela budista, el Zen es una disciplina cuyo objetivo final es alcanzar la Iluminación, y para ello toma como modelo y fundamento la vida y enseñanzas de Siddharta Gautama el Buda. Preocupado por el dolor, por las causas del dolor y firmemente dispuesto a hallar el camino que conduce hacia la liberación del dolor y del sufrimiento humano, el Buda alcanzó finalmente la Iluminación meditando bajo «el Árbol Bodhi» en la posición del Loto, llamada Padmasana en la tradición hinduista y Za-Zen en las escuelas Zen. Con este acontecimiento, el Buda establece el arquetipo fundamental del Budismo Zen, demostrando con su propia vida ejemplar, cómo a través de la Disciplina de la Meditación (Za-Zen), el discípulo que se halla en la Vía de la Sabiduría (Do) puede llegar a alcanzar la Iluminación espiritual (Satori) y la Liberación definitiva de todo sufrimiento humano (Nirvana).
No cabe duda que todas las escuelas de filosofía de Oriente están interesadas en «el despertar de la conciencia» o experiencia de la Iluminación, como objetivo fundamental de su doctrina, y todas ellas proponen distintos caminos para llegar a ella; sin embargo el Zen es bastante especial en este sentido, ya que prescindiendo de extensos tratados doctrinarios y de complejas especulaciones intelectuales, toda su disciplina está orientada exclusivamente a lograr que el discípulo pueda alcanzar eficazmente dicho estado de conciencia o Satori, de la forma más eficaz y directa posible. Al igual que el Tao, el Zen desconfía del lenguaje conceptual propio de la mente racional, ya que el intelecto analiza, compara, clasifica y define las cosas, no por lo que las cosas son en sí mismas, sino por el lugar que ocupan con respecto a las demás cosas, por sus similitudes o diferencias, por su apariencia y su estructura formal. Pretendiendo inútilmente envasar la vida en bonitos conceptos racionales, la mente construye un mapa intelectual de la realidad, llegando a olvidar que «el mapa, no es el territorio». Por eso los maestros Zen enseñan que: «Un dedo te sirve para señalar la Luna, pero una vez que hayas reconocido la Luna, no sigas mirando el dedo».
Esta forma de interpretar artificialmente la realidad que tiene la mente racional, es la que lleva a los maestros Zen a afirmar que: «las palabras nunca pueden llegar a transmitir la verdad definitiva, sólo la vivencia directa». Sin embargo, el secreto de la Iluminación espiritual puede ser transmitido del maestro al discípulo a través de la vía discipular. En las escuelas y monasterios Zen, los maestros plantean a sus discípulos complicados dilemas y sutiles acertijos llamados koans, que les colocan ante determinadas paradojas y encrucijadas mentales que constituyen un verdadero callejón sin salida para la mente racional. La finalidad del koan es paralizar todo proceso de especulación intelectual, obligando así a la conciencia a saltar directamente del plano de lo racional al plano de la Conciencia Intuitiva. La finalidad de la disciplina Zen es, por tanto, preparar al discípulo para llegar a la vivencia directa del Satori o Iluminación, pero no todos alcanzan el Satori de la misma manera. De las dos escuelas principales del Japón, la Rinzai o Escuela Súbita, emplea principalmente el método del koan, a través de periódicas entrevistas con el maestro, llamadas sanzen, en las que el discípulo formula una pregunta al maestro relativa al problema que está tratando de resolver, entonces el maestro, siempre de forma imprevisible, le responde generalmente planteándole un nuevo koan, más enigmático aún que el anterior; pero también puede ocurrir que se le quede mirando simplemente en silencio. Todo verdadero maestro sabe cuándo un discípulo está ya preparado para despertar a un nuevo estado de conciencia más elevado, y llegado el momento oportuno, puede provocar eficazmente dicho despertar con un koan, o también con un kiai, un gesto inesperado o una palabra justa.
Por otro lado, la Soto Zen o Escuela Gradual, utiliza un método más suave, ya que en esencia busca la maduración paulatina y natural del discípulo como: «la brisa de primavera que acaricia la flor ayudándola a florecer»,  haciendo hincapié en que el verdadero despertar de la conciencia debe darse a través de los quehaceres cotidianos del discípulo. La Escuela Soto cultiva la serenidad de la meditación no forzada, empleando la práctica del Za-Zen o Disciplina de la Meditación, como ejercicio fundamental de introspección de la conciencia, cuya práctica correcta y reiterada, permite al discípulo ir desarrollando dentro de sí mismo cierta actitud mental ante las cosas, que debe poder traslucirse después a través de todos los pensamientos, palabras, sentimientos y actos que realiza a lo largo del día. Esta actitud es el Shibumi, síntesis sublimada de toda acción, que se manifiesta como simplicidad elegante, perfecta concentración, desapego en la acción, humildad en el éxito, serenidad impecable, naturalidad en cada gesto y maestría en la ejecución. Como muy bien explica Raymond Thomas «Shibumi es un comportamiento que denota una perfecta comprensión. Tener Shibumi es actuar en la vida de una forma "natural" en todas las circunstancias, sin miedo pero sin ostentación, con autoridad pero sin dominio, con modestia pero sin recato». Para la mentalidad tradicional japonesa, Shibumi es pues la actitud perfecta que debe conquistar todo aquel que pretende alcanzar la Iluminación. Por eso la filosofía Zen considera que cualquiera de las artes o tareas cotidianas son también una Vía o Do, un camino hacia la perfección espiritual. Por eso en Japón encontramos toda una larga serie de artes que van desde lo estético y lo ceremonial hasta la jardinería o el arte marcial, que durante largos siglos han sido consideradas como un Do. Artes como la caligrafía, el arreglo floral (Ka do), la Vía del Guerrero (Bushido), el teatro No, la ceremonia del té (Cha do), la poesía (Haiku), el Ikebana, el Bonsái y las diversas artes marciales como el Kárate-do, el Ju-do, el Aiki-do, el Ken-do, el Kyu-do, el Iai-do, etc.
Equivalente al Tao de los filósofos chinos, Do es pues «la Vía o Camino que conduce hacia la Iluminación», pero este camino no se basa tan sólo en ejecutar correctamente un determinado arte o en practicar una técnica específica de meditación, como algunos autores pretenden, puesto que el Do es, ante todo, un estado de conciencia interior que se expresa naturalmente a través de una especial actitud mental ante la vida y la muerte, una forma singular de percibir y experimentar la realidad del mundo que nos rodea, un estado del Espíritu tan elevado que impregna de luz todo cuanto el discípulo piensa, dice o hace. Por eso el Do, al igual que el Tao, es a la vez un espíritu y una forma, es, en suma, «el misterioso arte de vivir», y por tanto Do no es sólo el camino, sino también la manera de recorrer el camino. Y esta Vía o Camino de la Liberación no es otro que el Noble Óctuple Sendero propuesto por Siddharta Gautama el Buda: rectas opiniones, rectas intenciones, rectas palabras, recta conducta, rectos medios de vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración.
Francis J. Vilar